La Rueda de la Fortuna y el Solsticio como aprendizaje de los procesos de Vida-Muerte-Vida
- Liliana Arbeláez N

- 17 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Cuando el Alma habla en símbolos y cada ser elige su danza.
El alma no se expresa en conceptos lineales ni en verdades cerradas. Habla en símbolos. Se revela a través de imágenes, arquetipos, mitos y ritmos que nos permiten comprender el viaje heroico que vinimos a encarnar en la Tierra.
Ese lenguaje simbólico del alma se manifiesta de muchas formas: en el lenguaje astrológico, donde los arquetipos planetarios dibujan un mapa de potenciales; en el tarot, donde las imágenes nos muestran escenas del camino humano; en los sueños, en los mitos, en el cuerpo, en los encuentros y en las crisis. No para decirnos qué hacer, sino para mostrarnos la danza posible.
El mapa existe. Marca ciclos, climas, tensiones y oportunidades. Pero el mapa no es el territorio, porque en el centro del viaje habita el albedrío. La música viene del cosmos; la danza, la crea cada alma.
Dentro de este gran lenguaje simbólico aparece la Rueda de la Fortuna: una imagen que nos recuerda que la vida se mueve, que los ciclos giran y que nada permanece fijo. No como castigo ni como azar ciego, sino como expresión del orden amoroso que busca despertar conciencia.
La Rueda señala un cambio de ritmo. El mapa indica que algo se activa. Pero cómo se atraviesa ese giro —desde el miedo, la confianza, la resistencia o la entrega— es una elección íntima y humana.
Este arquetipo nos enseña que el destino no impone pasos, propone compases. Que el karma no condena: educa. Y que el tiempo no empuja: acompaña el proceso de maduración del alma.
En lenguaje del Amor Primordial, la Rueda susurra: “La música ya está sonando. Elige cómo moverte en tu cuerpo y en la relaciones que construyes.”
Así, la astrología, el tarot y todas las formas simbólicas no nos quitan libertad: nos ofrecen conciencia. Nos muestran la coreografía posible para que cada héroe y cada heroína del alma invente su propia danza, fiel a su historia, a su cuerpo y a su verdad.
La vida no es una línea recta. Es una danza entre Cielo y Tierra. Y el alma… se pinta a sí misma mientras baila
Por estos días, en los que tantos movimientos cósmicos están siendo vividos como sacudidas profundas por muchos seres —por mí, por mis seres queridos, por mis consultantes y también por mis aprendices— la Rueda vuelve a girar con fuerza. No gira para desorientarnos, sino para invitarnos a cambiar el compás desde el cual veníamos danzando la vida.
Hay momentos en los que la música cambia, aunque el mapa siga siendo el mismo. Y es justamente ahí donde el lenguaje simbólico cobra sentido: no para explicar, sino para acompañar el tránsito.
Por eso decido escribir esta entrada de blog como una preparación consciente para el solsticio de invierno en el hemisferio norte y de verano en el hemisferio sur en este 2025. El sol asciende y el sol desciende. Cuando asciende, solemos vivirlo como triunfo, claridad, expansión. Cuando desciende, muchas veces creemos que ha muerto. Pero no ha muerto. Está renaciendo.
El sol nunca abandona su danza. Cambia de posición, de fuerza, de visibilidad. Y así también lo hace la vida en nosotros.
La Rueda de la Fortuna nos recuerda exactamente esto: que los ciclos de descenso no son finales, sino gestaciones. Que los momentos de aparente oscuridad no son castigos, sino espacios donde algo nuevo se está ordenando por dentro.
Hoy lo escribo no desde una teoría, sino desde un aprendizaje vivo: atravesando procesos familiares, movimientos profundos, pequeñas y grandes muertes que anuncian nuevas formas de vida. Vida–muerte–vida. Una y otra vez. Como la respiración del cosmos. Como el giro constante de la Rueda.
Este tiempo nos invita —a todas, a todos, y a mí también— a escuchar el nuevo compás, a no aferrarnos a la forma anterior de la danza y a confiar en que incluso cuando el sol parece descender, la vida sigue trabajando a favor del amor y de la conciencia.
La Rueda gira. El sol se mueve. Y el alma aprende… danzando Y quizá, para acompañar este tiempo, baste recordar aquel viejo cuento: Un hombre pierde su caballo. Algunos dicen: “qué mala suerte”. Él responde: “quién sabe”. Días después, el caballo regresa trayendo otros caballos salvajes. “Qué buena suerte”, dicen. Él vuelve a responder: “quién sabe”. Más tarde, su hijo cae y se lesiona al intentar domar uno de esos caballos. “Qué mala suerte”. “Quién sabe”. Poco después, estalla la guerra y todos los jóvenes son llevados al frente, excepto su hijo herido.
El cuento no habla de suerte. Habla de presencia.
De no perder el centro cuando la rueda gira. De no quedar atrapados en el arriba ni en el abajo. De aprender a ser testigos del movimiento, sin confundir el cambio con una amenaza. Quizá esa sea la verdadera sabiduría que nos ofrece la Rueda de la Fortuna: no detener el giro, no huir del cambio, sino habitar el centro mientras la vida acontece. Y desde ahí… seguir danzando.
Y si has llegado hasta aquí en la lectura, es muy posible que tú también estés atravesando tiempos de cambio y transformación. Quizá la vida te esté invitando a soltar viejos patrones, antiguas formas de ser y de habitar el mundo; a dejar atrás relaciones, trabajos, identidades o seguridades que ya cumplieron su ciclo. Cuando la Rueda gira, algo desciende y algo asciende, y no siempre sabemos de inmediato cuál es cuál.
Mi deseo para este solsticio del 21 de diciembre es que recordemos, al observar el movimiento del sol, que todo en la vida asciende y desciende, que el movimiento es, en realidad, lo permanente. Y que no es el giro lo que transforma, sino la presencia con la que lo atravesamos.
Que puedas habitar el centro mientras la vida se mueve. Que confíes en el ritmo que hoy te toca danzar. Y que este tiempo te regale la claridad, la fortaleza y la paz necesarias para acompañar tu propio proceso.
Te deseo un solsticio lleno de conciencia, sentido y bendiciones.
En amor, servicio y aprendizaje.
Li









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