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El viaje del alma y el reencuentro con la Gran Madre



Esta pintura al óleo tiene derechos de autor, por eso incluye una marca de agua como medida de protección de la obra original


Etapas del viaje arquetipal con la energía de La Diosa


En el principio era Una… junto a Él. Y Él y Ella, eran Una y la misma energía.


Pero querían conocerse en todas sus posibilidades y para ello fue necesaria la separación, o mejor, la ilusión de la separación: una herida primordial, en el mundo de la UNIDAD y en el mundo psíquico de la experiencia humana.


Estos escritos que compartiré en mi blog, nacen como un acto de memoria, de honra y de integración. Para recordar lo que ha sido olvidado. Para nombrar lo que fue silenciado. Para abrazar lo que fue temido. Y para decir, con todas las letras del alma: Dios no es solo Padre. Dios también fue, es y será Madre. Y lo divino habita en todo lo que respira.


Honro lo femenino en mí. En mis ancestras, en sus silencios, en sus cantos rotos, en sus saberes no escritos. En las mujeres de mi vida que me tejieron, me sanaron, me confrontaron y me hicieron volver al centro. En los hombres que han dado lugar al misterio, a la ternura, al vacío fértil, a la luna. Y también honro a los seres —hombres, mujeres y más allá— que aún no recuerdan esta verdad fundamental: no hay nada en el universo que no contenga las dos energías.


El viaje de la Diosa


En el principio, no había muchas: era Una. Una sola energía primordial, creativa, amorosa, terrible y fecunda. Con el paso del tiempo, se fragmentó en mil y una formas para hablarnos, para tocarnos, para recordarnos quiénes somos.


Los escritos que publicaré en este blog son un mapa para volver a Ella. Pero no para adorarla como algo lejano, sino para reconocerla en cada célula, en cada vínculo, en cada sombra, en cada don. Y también para dejar de verla como opuesta al Dios Padre, porque lo Uno contiene lo Dos, y la unidad no excluye la diferencia.


Los principios que me nutren y me guían


Raíces vivas de mi servicio, mi aprendizaje y mi alma


Todo camino tiene raíces. Estas son las mías. No son ideas que aprendí de libros, aunque he leído muchos. Son verdades que me han sido reveladas en el cuerpo, en la sangre, en los silencios, en los rituales, en las constelaciones, en la astrología, en los vínculos, en el dolor y en la gracia. Son los pilares que me sostienen como mujer, hija, madre, amante, terapeuta y alma en camino de aprendizaje y servicio.

 

La Madre Naturaleza: la Gran Maestra


Antes de cualquier teoría, estuvo Ella. La Madre Naturaleza. La Madre Materia. La que se encarnó en la Tierra como ritmo, cuerpo, silencio y vibración. Sus ciclos me enseñaron antes que cualquier escuela: la danza de la Luna en mi cuerpo y en mis emociones; el canto de los árboles con los vientos del sur, del norte, del este y del oeste; el misterio del parto, encarnado en la fuerza de mi madre, quien al nacer vio morir a su madre y, años después, al dar a luz a su primer hijo, lo vio morir minutos después de haberle traído al mundo, memorias del misterio que estaban esperándome en el cuerpo y vientre de mi madre antes de nacer. También me habló en mis primeros meses de vida, cuando un virus me trajo el primer gran reto: sostenerme en la vida encarnada y afrontar la herida quironiana en mi pequeño cuerpo.


También fue Ella —la Madre Naturaleza— quien me habló cuando me hice amante y madre. No con palabras, sino con hechos irreversibles, con presencias ineludibles, con caminos que no fueron elegidos desde la razón, sino desde un lugar del alma que ya sabía. Porque fue Ella quien, sin consultarme, impuso con su fuerza vital al padre de mi único hijo. Él llegó como quien es traído por el campo mismo, por ese movimiento misterioso que algunos llaman destino y que yo reconozco como el designio del alma.


Fue entonces cuando comprendí —no con la mente, sino con el cuerpo, con la sangre y con el vientre— que hay encuentros que no se deciden, sino que se recuerdan. Que hay vínculos que ya han sido elegidos en un lugar fuera del tiempo y del espacio, y que nuestra tarea no es controlarlos, sino honrarlos. En el parto de mi hijo, la Gran Madre me habló sin palabras: me mostró que la vida se abre paso incluso a través del dolor, del asombro, del miedo, del amor. Me enseñó que parir no es solo dar a luz a un hijo, sino recordar el alma que lo eligió y que yo también elegí. Y que maternar, en su sentido más profundo, es respetar ese ser que ha nacido a través del cuerpo, pero que no le pertenece a la madre biológica, porque pertenece a la Gran Madre. El hijo viene a la vida para hacer su propio camino, y será a través de sus aprendizajes con ella —con la vida misma— que realizará su destino.


Ahí entendí que la naturaleza no siempre pregunta, pero siempre revela. Que el cuerpo femenino es templo de memoria y canal de destino. Y que lo que parecía un accidente fue, en realidad, una revelación del amor primordial obrando su voluntad.


Me formó, además, el arte de morir, cuando abracé el cuerpo inerte de un gran amor que eligió irse como parte de su propio camino. Y el temblor del alma en el cuerpo cada vez que me acerco a Eros, cuando sé que me invita a experimentar la petite mort, en un orgasmo que me recuerda —aquí, en este plano— que no hay división alguna. Todo lo que enseño a mis aprendices, y que compartiré contigo en este blog, lo aprendí primero sintiendo y observando lo que vive y pulsa.


La Naturaleza me mostró que no hay flor sin raíz, ni árbol sin sombra. Que el tiempo no es un enemigo, sino un aliado del alma. Que el dolor forma parte de la renovación, y que cada ser brota a su tiempo, como la semilla que sabe cuándo abrirse, como la oruga que, en medio del temblor de su transformación, construye alas para volar. Ella me enseñó que la sabiduría no es solo conocimiento: es común-unión. Es tantra, es yoga, es conexión y vínculo sagrado con lo que Es.


Los principios herméticos: el orden sutil del universo


De la naturaleza pasé a la comprensión profunda de sus leyes. Los principios herméticos me revelaron que todo vibra, que todo es polaridad, y que el universo es un espejo del alma. Que nada está quieto, nada separado, y que lo masculino y lo femenino son fuerzas eternamente danzantes. Estos principios me dieron un lenguaje para nombrar lo que la naturaleza me mostraba en símbolos.


La Kabbalah: el Árbol de la Vida como cuerpo del alma


La Kabbalah fue para mí el puente entre lo espiritual y lo simbólico. Me mostró que la creación no es un accidente, sino una emanación amorosa de lo Uno hacia lo múltiple. Que somos hijos de Hokmah y Binah, de la Sabiduría y el Entendimiento, del Padre y de la Madre cósmicos. Y que el camino de retorno al Uno no es huida del mundo, sino integración sagrada de todo lo que somos. La Kabbalah me enseñó a leer el alma como se lee un mapa estelar.


La astrología y los septenios del alma: el viaje encarnado del espíritu


En la astrología encontré el lenguaje cósmico del alma. Descubrí que cada ser humano es una semilla estelar con un ritmo único de florecimiento. Los septenios de vida me enseñaron a respetar ese ritmo, a no apresurar ni retener procesos, a comprender que cada tránsito, cada retorno planetario, tiene un propósito profundo en el viaje de individuación. La astrología me reveló que no somos solo hijos/as de mamá y papá (raíces en la Tierra): somos hijos del Sol y de la Luna, y que la Tierra es nuestra nodriza (raíces en el Cielo). Somos hijos/as del Cielo y de la Tierra, y que el corazón es el Grial donde esas dos fuerzas se encuentran. Somos hijos del Femenino y del Masculino eternos, manifestados en formas múltiples, pero unidos en esencia. Y es desde esa comprensión que el alma puede recordar su diseño, respetar su ritmo, y encarnar su propósito.

 

La física cuántica: confirmación invisible del misterio


La ciencia llegó a confirmar lo que ya sabía mi alma. La física cuántica me mostró que todo está entrelazado, que el vacío es fértil, que lo invisible genera lo visible. Que no hay separación real, solo aparente. Y que la conciencia modifica la realidad. Desde ahí entendí que meditar, contemplar y mirar con amor no es pasividad: es creación consciente.


El pensamiento complejo: el arte de sostener lo que no encaja


El pensamiento complejo me salvó de las reducciones. Me permitió abrazar la paradoja, sostener el misterio sin necesidad de resolverlo, tejer sin tener que cerrar cada nudo. Me enseñó que la sabiduría no está en tener respuestas rápidas, sino en entender los entramados que dan origen a las preguntas. Aquí encontré la coherencia entre lo espiritual, lo psicológico y lo sistémico.


La mirada sistémica: el alma de los vínculos


Nada existe fuera del tejido. La mirada sistémica me enseñó que todo pertenece, que todo lo excluido clama por volver. Que la sanación no viene de cortar vínculos, sino de verlos con dignidad. Y que el alma familiar, colectiva y espiritual tienen sus propios órdenes que, cuando se respetan, nos devuelven a la vida. El sistema me mostró que lo que parecía individual era profundamente relacional.


El proceso de individuación junguiano: nacer desde dentro, desde el espíritu encarnado


Jung me enseñó que no se trata de ser buenos ni adaptados, sino de ser verdaderos. Que la vida interior no comienza en el deber ser, sino en el valor de mirar la sombra. La personalidad no es un error, pero necesita madurar. El ego no debe eliminarse, sino ponerse al servicio del Self —el Sí Mismo—, esa instancia profunda del alma que contiene nuestro diseño original.


Comprendí que el alma necesita diferenciarse del clan, no para romper con él, sino para florecer desde sus raíces. Que no se trata de repetir ni de negar, sino de reconocer el legado y transformarlo en conciencia. Que lo femenino y lo masculino interiores no son opuestos que deban equilibrarse, sino sustancias alquímicas que anhelan integrarse en una danza viva y creativa.


En los hombres, ese proceso implica reconocer el ánima: esa imagen interior de lo femenino que puede ser temida, idealizada o rechazada, pero que en verdad es puente hacia la sensibilidad, el alma y el amor. En las mujeres, el encuentro con el ánimus es un viaje hacia el discernimiento, la palabra, la dirección interna, liberado del mandato de lucha o conquista.


Solo cuando estas energías se miran sin juicio dentro de la psique, y se les da lugar en el corazón, podemos recordar quiénes somos, a qué vinimos, y vivir desde una identidad que no se limita a lo aprendido, sino que nace de lo eterno.

 

Las constelaciones familiares y la fenomenología: el alma de los vínculos como canal de revelación


En las constelaciones familiares encontré un lenguaje sin palabras, una sabiduría que no pasa por la mente, sino por el campo. A través de la mirada fenomenológica aprendí a callar las interpretaciones y abrirme a lo que se manifiesta. Esta práctica me enseñó que el alma tiene su propio orden, que el amor muchas veces se expresa como destino, y que hay un movimiento más grande que siempre está buscando completarse a través de nosotros.


Las constelaciones me han mostrado que los vínculos del alma son hilos invisibles que nos conectan con todo lo que fue, con todo lo que está vivo y con aquello que aún no ha sido reconocido. Que detrás del síntoma, del conflicto o del silencio, hay mensajes del campo que nos está hablando con amor —aunque a veces duela—. Y que esos campos de información son expresiones de lo Más Grande, de esa conciencia que lo abarca todo, y que siempre nos está susurrando pistas para recordar quiénes somos y a qué vinimos.


Feminismo espiritual: la integración que sana


Todo este camino —estos principios, estas raíces, estas experiencias— me han permitido integrar lo que compartiré en este blog: la necesidad de regresar a la Gran Madre. No como un retorno nostálgico ni idealizado, sino como un movimiento del alma que reconoce que el sistema patriarcal —aunque necesario en la experiencia de la diferenciación— ha operado como una matriz de ilusiones que nos separa del ser integral. Esta separación ha llevado a la humanidad a desconocer lo femenino, no solo como cualidad asociada a las mujeres, sino como una dimensión esencial de la psique humana.


El feminismo espiritual ha sido una de mis grandes comprensiones. No se trata de roles de género ni de luchas externas, sino de las cualidades del alma que hemos aprendido a temer, minimizar o despreciar. Lo femenino como receptividad, profundidad, intuición, matriz relacional, cuerpo sagrado y vínculo con lo invisible, ha sido silenciado por siglos de sobreidentificación con valores masculinos exacerbados. Y aunque esos valores —la acción, la estructura, la dirección— son valiosos, cuando se habitan en desequilibrio, nos enferman, nos endurecen, nos separan del cuerpo y del alma.


Todo este recorrido —mi vida, mi aprendizaje, mi servicio— me ha llevado a comprender que volver a mirar e integrar a la Gran Madre es urgente. Es recordar que Atenea, aún como diosa de la mente y de la estrategia, es hija de Metis, y que Metis misma es hija de un Femenino profundo ya unido a lo Masculino sabio. El alma humana necesita recuperar esa memoria: que en el principio no había oposición, sino comunión. Y que el camino de vuelta a casa comienza cuando honramos, sin miedo ni idealización, lo que fue dejado atrás en nombre del control y el poder: el amor primordial, la matriz viva, la sabiduría de la Gran Madre.

 

 


Un llamado


Este espacio es para ti, sin importar desde dónde leas, cómo te nombres o en qué cuerpo habites. Aquí no hablamos de las categorías sociales que nombran los cuerpos como “hombres” o “mujeres”; hablamos del alma. Porque lo femenino no es exclusivo de las mujeres, ni lo masculino de los hombres: son fuerzas vivas, presentes en toda psique, esperando ser reconocidas, escuchadas e integradas.


A veces hablaré desde mí, desde mi cuerpo, mi historia, mi punto cardinal en esta existencia. Porque este saber es encarnado, situado, vivido. Pero aunque la voz sea personal, el llamado es colectivo. Cada palabra que nace desde mí busca resonar en ti, en ella, en él, en elles, en nosotr@s.


Este espacio es para ti, si has sentido que lo femenino no tenía voz en tu historia.Si alguna vez tu alma deseó decir “yo también”.Si te ha dolido ser fuerte cuando necesitabas descanso.Si has negado tu intuición para sobrevivir en un mundo que glorifica lo racional.Si deseas comprender tu fuego sin miedo, tu agua sin culpa, tu cuerpo como templo y tu sombra como Dragón que no necesita ser vencido, sino amado.


No importa el nombre, la forma o el trayecto.Este es un lugar para recordar. Para integrar. Para volver a la experiencia de la Totalidad.


Bienvenida, bienvenido, bienvenide. Comenzamos con EllaEl, pero en el fondo, hablamos de ti, de mí, de NOS-OTROS


En amor, servicio y aprendizaje.

Li


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