top of page

El nuevo tiempo no se anuncia afuera: despierta adentro.

  • 12 feb
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 13 feb


Mientras el mundo se sigue polarizando en las redes y en los shows mediáticos, y Latinoamérica se emociona porque alguien grita el nombre de cada uno de nuestros países, yo me permito ir adentro, a observar mi show interno. No porque sea mejor que lo que sucede afuera, sino porque mi camino es hacia adentro. Y reconozco que, por resonancia, hay imágenes afuera que hablan de lo que sucede en el interior.


Y entonces, al despertar hoy, 12 de febrero de 2026, me encuentro con la Luna menguante. En el show de la astrología nadie habla de ella, porque es tan común, tan pequeña, que son otros movimientos del cielo los que se roban el estrellato. Pero para esta pequeña mujer, en esta pequeña ciudad, fue hoy la más hermosa de las imágenes: la Luna a las cinco de la mañana, aquí, en mi ciudad de Medellín.


Luego de verla por la ventana de mi cuarto, me siembro, como dice la abuela Gloria. Me siento a meditar, a entrar en silencio, para escuchar a lo más grande hablar en mi corazón.


Lo más grande, que no es un titiritero ni una titiritera. Lo más grande, que es la energía del universo, la divinidad que me atraviesa y me habita desde el fondo de mi ser, y que habita y atraviesa a cada ser viviente sobre el planeta Tierra, conectándonos a todos y a todas. Esa voz dormida de la Madre que habla desde lo profundo del ser, mientras el Padre la ilumina con la luz de la conciencia.


Esa pequeña imagen me recordó que la Luna no siempre es Luna llena.


Yo nací en Luna llena, y esa ha sido parte de mi experiencia, mi don y también mi reto. Mi aprendizaje ha estado ligado a nacer en un momento de polarización entre lo femenino y lo masculino, y a comprender que integrarlos en el centro es el camino hacia el Yo Soy.


Y en este instante, 12 de febrero de 2026, el reloj cósmico del cielo marca un momento especial del viaje. El reloj saturnino suena con su tic-tac, como si fueran las 11:55 —jajaja—, recordándonos que falta poco para el amanecer de un nuevo tiempo. Neptuno espera al otro lado del portal entre Piscis y Aries, y desde lo profundo del alma y lo alto del cielo se nos recuerda que es necesario realizar el trabajo que vinimos a hacer: mirar en lo profundo de nuestra psique.

La realidad es que muchas verdades siempre han estado allí, como la Luna menguante. Pero dejamos de verlas por considerarlas pequeñas.


Y, como decía mi abuela, en las cosas pequeñas, en las que parecen insignificantes, están los grandes tesoros, custodiados por la esfinge, por el cancerbero, por el ego.


He necesitado 52 años y 9 meses para comprender, a través de las señales del cielo y de los movimientos de la vida, que hay momentos en los que la Luna está llena y brilla con todo su esplendor y su hermosura, esa que a todos los humanos fascina. Pero no siempre está allí. Luego es Luna menguante, Luna nueva, y después vuelve a llenarse.


También hay momentos de noche y de eclipse, donde el Sol se permite descansar.


Hoy, 12 de febrero, con el reloj sonando a pocos minutos del renacimiento de un nuevo tiempo, comprendo que afuera y adentro, adentro y afuera, arriba y abajo, finalmente todo está en el Unus Mundus. Ya lo enseñó el maestro Mercurio.


Y comprendo también que la polarización nos impide ver que estos movimientos, en realidad, tienen una sincronía y responden a una gran sinfonía: la sinfonía del amor del uni-verso, el Verbo haciéndose carne en cada uno de nosotros y en cada una de nosotras.


Mientras lloraba en la meditación, recordando que el amor es mojadito por donde quiera que salga, reconocí todo lo que acontecía en mi interior con esa imagen que la Luna menguante disparó como un gatillo. Porque eso es la Luna menguante: un gatillo que activa lo profundo del inconsciente.


Ese gatillo me recordó que todo es cíclico.


También me mostró que mi padre me gatilló alguna vez con el fuego de su palabra, diciendo que una mujer sola no está en la vida. Y convertí esa frase en mi guerra contra el padre, para demostrar que una mujer sola sí puede. Y lo he demostrado en estos ocho años de soledad, en los que he potenciado todo mi poder masculino y femenino.


Pero hoy reconozco que sostener en el cuerpo encarnado —de una mujer o de un hombre— el peso de las dos energías duele.


En estos días venía observando a un gran Sol, un hermoso masculino que ha iluminado mi sendero con su luz. Y comprendí que el Sol de mediodía, si permanece allí todo el tiempo, quema. Necesita caer en el ocaso, ir hacia el Sol de medianoche, el Sol del invierno, que aunque no lo vemos, está allí… y luego emerge y vuelve a amanecer.


Hoy, la humilde Luna menguante, de la que nadie habla, me enseñó todo esto.


Comprendo que cada ser humano, indistintamente de su sexo biológico, lleva dentro las dos energías: la femenina y la masculina. Polarizarse en una sola nos duele. Lo he vivido, y lo escucho todos los días en hombres y mujeres que lo narran una y otra vez.


Yo llevo ocho años —el ciclo de Venus— integrando en mí estas dos energías: la femenina, receptiva, abundante y creadora, y la masculina, de dirección y amorosa disciplina.


Durante este tiempo he tenido que sostener la energía masculina en un cuerpo de mujer, con todo lo que ello implica: decisión, palabra, provisión, dirección, conciencia.


Y ha sido profundamente hermoso, porque he aprendido a honrar el masculino en mí, en los otros, en las otras… y en el Sol.


Pero hoy, cuando el cuerpo dice que ya es suficiente, la mujer sensible, la hembra humana erótica y receptiva, comprende que es momento de disponerse a dar un paso nuevamente hacia lo femenino. No porque el masculino se apague, sino porque es necesario permitir el ciclo del reposo, para danzar como danzan el Sol y la Luna.


También comprendí algo valioso: los siglos en los que los hombres fueron llevados a la polarización del patriarcado —cargando solos la conciencia, la dirección y la provisión— llevaron a la exacerbación de esa energía, al sometimiento de su femenino y a la desconexión de su ánima, perdiendo el rumbo.


Porque un Sol de mediodía sin descanso quema y arrasa la vida. Así ocurre con los machos alfa hipermasculinizados.


Por eso, el ocaso femenino de lo masculino, el yin del yang, se requiere urgentemente en los hombres. No para apagar su luz, sino para seguir fertilizando la vida, la tierra y a las mujeres sin quemarlas.


Y el yang del yin en las mujeres también se requiere urgentemente, para iluminar nuestra conciencia y salir de la infancia espiritual y del pantano emocional que nos ha llevado a la sumisión y al victimismo, a la hipersensibilidad que impide actuar y poner límites sanos.


En estos últimos momentos, antes de que mi amado maestro Saturno cruce el umbral y nazca un nuevo tiempo —un tiempo que no sea solo Kronos (masculino), sino también Kairos (femenino)—, yo elijo dar el paso.


Honrando la Luna menguante en este amanecer del 12 de febrero de 2026, le digo sí a la pausa. Sí a la hermosura del masculino. Sí a la hermosura del femenino.


Y me abro al aprendizaje de una espiritualidad madura que trae una palabra: interdependencia.


Solo así, seres enteros, honrando las dos energías en nuestro interior, podremos honrar al otro y a la otra en el exterior.


Y desde el centro de mi alma —aunque muchos y muchas no lo comprendan— también honro a quien, en un show externo, se atrevió a nombrar la tierra fértil de Latinoamérica.


Comprendo que cuando el Sol reposa, la Luna ilumina. Que cuando la Luna reposa, el Sol ilumina. Que hay momentos en los que ambos están juntos, y otros en los que necesitan tomar sana distancia.


Esa es la danza: ni fusión ni ruptura, sino interdependencia.


Solo así es posible la vida en abundancia y en disfrute, en esta Tierra hermosa, en esta nodriza que nos está gestando como semillas cósmicas de una nueva humanidad.


En amor, servicio y aprendizaje.

Li

 
 
 

Comentarios


bottom of page