6 de enero: Día de los Reyes Magos y de la Astrología como el lenguaje del cielo y del alma
- Liliana Arbeláez N

- Jan 6
- 10 min read

¿Qué celebramos realmente el 6 de enero?
¿Una tradición repetida casi sin conciencia, o un llamado antiguo a recordar que el ser humano siempre ha mirado el cielo en busca de sentido?
En tiempos donde muchas fechas se celebran por costumbre, el Día de Reyes en la tradición occidental cristiana nos invita a una pregunta más profunda: ¿sabemos aún leer los signos, reconocer los tiempos del alma y caminar guiados por una sabiduría interior, como lo hicieron los antiguos sabios y sabias que supieron interpretar el lenguaje de las estrellas?
En la tradición occidental cristiana y católica, el 6 de enero se celebra como la Epifanía desde aproximadamente el siglo IV, cuando la Iglesia institucionaliza esta fecha para conmemorar la manifestación de lo divino y la llegada de los llamados Magos de Oriente, entendidos con el tiempo como “Reyes Magos”. Sin embargo, esta celebración no surge en el vacío: mucho antes del cristianismo, en Persia, Babilonia y Mesopotamia, ya existían rituales vinculados a la observación del cielo, a las señales estelares y a los momentos del año en los que algo nuevo se revelaba para la humanidad. En las tradiciones orientales, estas fechas estaban asociadas a revelaciones, nacimientos simbólicos y giros del tiempo, mientras que en Mesoamérica y otras culturas originarias, los ciclos celestes marcaban inicios, cierres y procesos del alma colectiva. Así, el 6 de enero puede comprenderse no solo como una fiesta cristiana, sino como la cristianización de una memoria mucho más antigua, en la que el ser humano aprendió a leer el cielo como lenguaje del tiempo, del alma y del amor que ordena la vida.
Hoy más que nunca es necesario que las personas salgan de la ignorancia, no como juicio, sino como olvido. Ignorancia entendida como haber dejado de mirar, de escuchar, de recordar. El cielo siempre ha estado ahí, ofreciendo pistas amorosas sobre los tiempos del alma, los procesos de la vida y el sentido profundo de nuestra experiencia humana. Esta invitación no es a creer, sino a recordar y a experimentar que existe un diálogo vivo entre la conciencia humana y el orden celeste.
El cielo como lenguaje del amor de la divinidad
Las estrellas, los planetas y los ciclos del sistema solar no son entes lejanos ni fríos. Cada cuerpo celeste vibra y entrega un mensaje en la gran sinfonía del Cosmos, una cualidad del amor de la Fuente que nos acompaña en este juego evolutivo que llamamos vida. El cielo no castiga ni premia: orienta, acompaña refleja y sostiene. Cuando aprendemos a leerlo con humildad, descubrimos que sus movimientos hablan de procesos de maduración, integración, crisis necesarias y oportunidades de conciencia.
Desde tiempos antiguos, sabios y sabias comprendieron que el cielo era un texto vivo. No se trataba de adivinación, sino de lectura del tiempo, de comprensión de los ritmos de la vida, de escucha profunda del orden invisible que sostiene lo visible. Mujeres y hombres custodiaron este conocimiento como un servicio a la comunidad, sabiendo que leer el cielo era una forma de cuidar el alma colectiva.
Todo lo que hoy te comparto en esta entrada nace de años de estudio, sí, pero sobre todo de años de experiencia viva: acompañando procesos humanos, primero el mío y escuchando el alma de otros seres en consulta y en los procesos formativos, observando cómo los ciclos celestes dialogan con las historias personales, familiares, sociales y planetarios. No escribo desde la historia y teoría aislada, sino desde un camino recorrido, vivido, probado en la práctica y sostenido por una profunda confianza en el amor que ordena la vida y la Guía que me guía!
Uso de la astrología en la historia humana y en la tradición bíblica
Los registros más antiguos del uso de la astrología se remontan a más de cinco mil años atrás, en las civilizaciones de Mesopotamia, Sumeria y Babilonia. Allí, sabios y sabias observaron de manera sistemática los movimientos del Sol, la Luna, los planetas y las estrellas, comprendiendo que estos ciclos estaban relacionados con los ritmos de la vida, los acontecimientos colectivos y los procesos humanos. La astrología nació así como un lenguaje de observación del tiempo, una forma de leer el orden invisible que sostiene lo visible, y no como un sistema de creencias arbitrarias.
Este conocimiento fue custodiado por comunidades de sabiduría, no restringido a una sola figura ni exclusivamente a hombres. Mujeres y hombres participaron como guardianes del saber celeste, transmitiendo la lectura del cielo como un servicio a la comunidad, orientando decisiones, rituales y procesos de maduración espiritual.
En la tradición hebrea y bíblica, la astrología aparece de forma implícita y simbólica, nunca como idolatría, sino como lectura del orden creado por Dios. El cielo es presentado repetidamente como obra divina y como portador de signos. Los astros no son adorados, pero sí reconocidos como señales que revelan el tiempo y la voluntad divina. Expresiones como “los cielos proclaman la gloria de Dios” reflejan esta comprensión del firmamento como lenguaje sagrado.
Figuras como Salomón encarnan esta sabiduría. A Salomón se le atribuye un conocimiento profundo de los ritmos de la creación, del tiempo y de la armonía entre cielo y tierra. Su sabiduría no se limita a lo moral o jurídico, sino que se extiende a la comprensión del orden natural y cósmico, entendido como manifestación de lo divino. En este contexto, la lectura del cielo no contradice la fe, sino que la profundiza, al reconocer que la divinidad se expresa también a través de los ciclos y leyes del cosmos.
Así, en sus orígenes, la astrología fue comprendida como un lenguaje de lo divino, una vía para discernir los tiempos, acompañar procesos humanos y mantener viva la relación entre el alma, la historia y el orden mayor que sostiene la vida.
El cielo como portador de mensaje divino
Salmo 19, 1–4
“Los cielos proclaman la gloria de Dios,
y el firmamento anuncia la obra de sus manos.
Un día transmite al otro este mensaje, y una noche a la otra da conocimiento.”
Aquí el cielo es presentado explícitamente como portador de conocimiento. No habla con palabras humanas, pero comunica, transmite y revela. Esta es una de las bases más claras del cielo como lenguaje sagrado.
Los astros como señales para los tiempos
Génesis 1, 14
“Haya lumbreras en el firmamento del cielo para separar el día de la noche; sirvan de señales para las fiestas, los días y los años.”
Este pasaje es fundamental: los astros no solo iluminan, sino que marcan tiempos, ciclos y momentos sagrados. Aquí se legitima la lectura del cielo como orden temporal dispuesto por lo divino.
El orden celeste como sabiduría divina
Job 38, 31–33
“¿Puedes atar los lazos de las Pléyades o desatar las cuerdas de Orión?
¿Haces salir las constelaciones a su tiempo y guías a la Osa con sus hijos?
¿Conoces las leyes de los cielos?”
Este texto es clave porque nombra constelaciones y habla de sus ciclos y leyes. La pregunta no niega su existencia ni su sentido, sino que reconoce que el orden celeste pertenece a la sabiduría divina.
Las estrellas como signos y guías
Mateo 2, 1–2
“Unos magos de Oriente llegaron a Jerusalén diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en Oriente y venimos a adorarlo.’”
Aquí la estrella es una señal reconocible, leída por sabios del cielo. El texto no condena esa lectura; al contrario, la integra como parte del relato de revelación.
El cielo como lenguaje universal
Isaías 40, 26
“Alcen los ojos a lo alto y vean:
¿quién creó todo esto?
El que hace salir en orden a su ejército de estrellas,
a todas llama por su nombre.”
Las estrellas aparecen como ordenadas, nombradas y conocidas por Dios, lo que refuerza la idea de un cosmos con sentido, no caótico.
Sabiduría y comprensión de los tiempos
Eclesiastés 3, 1
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.”
Aunque no menciona astros directamente, este pasaje se sostiene sobre la idea de un tiempo ordenado, coherente con la visión bíblica del cielo como regulador de los ciclos de la vida.
Entonces la Biblia como libro de la tradición cristiana y católica en occidente encontramos que:
Los astros no son dioses
pero sí son signos, señales, marcadores del tiempo
y parte del orden divino de la creación
La astrología, entendida desde esta perspectiva, no aparece como adivinación, sino como lectura simbólica del cielo, un lenguaje que sabios y sabias supieron interpretar para discernir los tiempos, acompañar procesos humanos y reconocer la acción amorosa de lo divino en la historia.
Tradiciones orientales: el cielo como ciencia sagrada del alma
En las tradiciones orientales, la astrología nunca fue separada de la espiritualidad ni de la vida cotidiana. En la India, el Jyotish, cuyo nombre significa ciencia de la luz, se desarrolló hace más de tres mil años como un lenguaje para comprender el dharma, el karma y los procesos evolutivos del alma. Sabios y sabias comprendieron que los movimientos del cielo reflejaban ritmos internos del ser humano, y que leerlos permitía acompañar nacimientos, iniciaciones, decisiones y momentos clave de la vida. El cielo no imponía un destino: iluminaba el camino.
En China, la observación del cielo estuvo siempre ligada al equilibrio entre Cielo, Tierra y Ser Humano. Los astros eran comprendidos como expresiones del orden cósmico, y su lectura ayudaba a mantener la armonía individual y colectiva. La astrología china se integró a la medicina, la filosofía y el gobierno, no como superstición, sino como arte de comprender los tiempos y actuar en coherencia con ellos. En estas tradiciones, el cielo habla, pero exige conciencia, ética y responsabilidad.
Tradiciones del continente americano: guardianas y guardianes del tiempo sagrado
Mucho antes de la invasión de Europa, los pueblos originarios de América desarrollaron sabidurías celestes profundas y precisas. En Mesoamérica, la civilización Maya alcanzó uno de los niveles más avanzados de observación astronómica y astrológica del mundo antiguo. Sabias y sabios mayas leían los ciclos del Sol, la Luna y especialmente de Venus como mensajes del tiempo, marcadores de procesos de transformación colectiva, rituales, siembra, guerra, iniciaciones y renovación espiritual.
Para los pueblos originarios, el tiempo no era lineal ni productivo, sino sagrado y vivo. El ser humano no dominaba la naturaleza: dialogaba con ella. El cielo, la tierra y la comunidad formaban una unidad inseparable. Las estrellas no se observaban para predecir, sino para recordar el lugar del ser humano dentro del orden cósmico.
Estas culturas comprendían que el alma humana camina en resonancia con los ciclos del cielo, y que perder esa escucha era perder el equilibrio. La invasión europea no solo trajo conquista territorial, sino también la ruptura de estos lenguajes sagrados, relegándolos a superstición o silencio, cuando en realidad eran sistemas complejos de conocimiento, conciencia y amor por la vida.
En el continente americano, además de Mesoamérica, sí existieron culturas profundas en Norte y Suramérica que custodiaran el saber celeste. En Norteamérica, pueblos como los Ancestral Puebloans (Anasazi), los Hopi y otros pueblos originarios alinearon sus centros ceremoniales, calendarios rituales y ciclos agrícolas con los solsticios, equinoccios y movimientos estelares, comprendiendo el cielo como guía espiritual del clan.
En Sudamérica, civilizaciones como la Inca desarrollaron una cosmología donde el Sol, la Luna, Venus y las constelaciones —incluidas las constelaciones oscuras de la Vía Láctea— eran fundamentales para la organización del tiempo, la agricultura, los rituales y la comprensión del orden sagrado. Sabias y sabios andinos entendían que el cielo y la tierra eran reflejos mutuos, y que el ser humano caminaba entre ambos como puente vivo del cosmos.
Templos del cielo: arquitectura sagrada y sabiduría astrológica
Desde los albores de la humanidad, los grandes templos no fueron construidos al azar: fueron espacios de diálogo entre el cielo y la tierra. En Mesopotamia, los zigurats —como los de Ur y Babilonia— estaban dedicados a la observación del cielo; desde allí, sabios y sabias seguían los ciclos del Sol, la Luna y los planetas, especialmente Venus, para discernir los tiempos colectivos. En África, y de manera emblemática en Egipto, los templos y pirámides —como las de Giza— fueron alineados con los solsticios, las estrellas y los ritmos solares, expresando la convicción de que el orden cósmico reflejaba el orden del alma y de la vida después de la muerte. Estos espacios sagrados eran centros de iniciación, donde el cielo se leía como mensaje de lo divino y guía del proceso humano.
En India, los templos antiguos fueron concebidos como mandalas vivos, estructuras resonantes con los ciclos del Sol, la Luna y los planetas, integradas al conocimiento del Jyotish. Sabios y sabias comprendían que la arquitectura debía estar en coherencia con el tiempo sagrado para sostener la vida espiritual de la comunidad. En el continente americano, esta comprensión alcanzó una expresión extraordinaria: en Mesoamérica, las pirámides de los Mayas y Aztecas fueron alineadas con equinoccios, solsticios y ciclos de Venus. En Guatemala, sitios como Tikal revelan una precisión asombrosa en la lectura del tiempo celeste. Estas pirámides no eran solo monumentos: eran relojes sagrados, templos del alma colectiva donde el cielo marcaba los ritmos de siembra, ritual, transformación e iniciación. En todos estos lugares, el ser humano no dominaba el cosmos: aprendía a escucharlo.
Cuando la astrología fue prohibida en Occidente: poder, intermediación y ruptura del lenguaje del cielo
En Occidente, la astrología comenzó a ser perseguida y deslegitimada de manera progresiva a partir de la Alta Edad Media, cuando las estructuras religiosas y políticas consolidaron su poder institucional. Lo que en un inicio había sido comprendido como un lenguaje de lo divino inscrito en la creación —el cielo como obra de Dios y portador de señales— empezó a ser considerado peligroso. No por falso, sino porque devolvía al ser humano una relación directa con lo sagrado, sin necesidad de intermediarios. Leer el cielo implicaba escuchar a la divinidad a través de sus propias creaciones, y eso cuestionaba el monopolio espiritual de quienes pretendían administrar el acceso a Dios.
En este contexto, la astrología fue reducida, confundida o asociada deliberadamente con superstición y herejía. Al mismo tiempo, se fortaleció la idea de que solo ciertas autoridades podían interpretar la voluntad divina, convirtiéndose en intermediarios exclusivos entre el cielo y la tierra. Este proceso estuvo atravesado por el ego humano de dirigentes religiosos, que utilizaron el miedo, la culpa y la promesa de salvación como mecanismos de control, llegando incluso a cobrar indulgencias para “acercar” a las personas al perdón o al favor divino. Así, se produjo una ruptura profunda: el ser humano fue desconectado del lenguaje del cielo, de los ciclos naturales y de su capacidad de discernir los tiempos del alma, quedando dependiente de una interpretación externa de lo sagrado.
Este momento histórico no solo silenció un saber ancestral, sino que fragmentó la relación entre espiritualidad, naturaleza y conciencia. La astrología no fue prohibida por carecer de verdad, sino porque recordaba algo esencial: que la divinidad habla a través de la creación, y que cada ser humano tiene la capacidad de escuchar, interpretar y caminar en coherencia con ese mensaje sin mediaciones basadas en el poder o el temor.
De la lectura del amor del cielo al miedo del ego: una estrategia de poder







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